El derecho a la pereza

Nadie es perezoso por casualidad. En el nombre de todas las ideologías y doctrinas, desde todos los frentes, se nos disuade insistentemente de la pereza. Pero uno, que de niño ya era muy suspicaz, piensa que esa preocupación por la despreocupación ajena no nace de otra cosa que de un interesado proselitismo o, peor aún, de la fuerza devastadora y brutal de esa tradición que se ha instalado en nuestras cabezas. Nos lo han ofrecido todo para que trabajemos: el dinero, el sexo, la fama, la gloria y el paraíso. Nos han llamado al consumo con sus ofertas, con sus premios a la competición, al voto con sus discursos, con sus arengas a la batalla... la lista no tendría fin. Pero, ¿qué tiene de molesto un holgazán? ¿A quién hace mal? ¿A quién hace bien? Nunca hemos tenido respuesta para estos interrogantes, y sí, en cambio, argumentos para defender al perezoso, que, dando muestra de su clase y su talento, nunca se defendería.

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Ya los antiguos sintieron interés por la pereza. En la Grecia helenística, cuando se extendió la costumbre de divinizar conceptos abstractos, uno de los agraciados con tal galardón fue la pereza, la diosa Aergía, hija del Éter y la Tierra, dadora de cansancio. Pero esta palabra aergía convivía con otra que, variada, mantenemos en castellano, akedía (acidia). Siguiendo a Agustín García Calvo, deberíamos entenderla como despreocupación, frente a la que nos legó el viejo latín, pigritia (de donde obtenemos el vocablo pereza), una mezcla entre desánimo, pereza y cobardía. Igualmente, era moneda corriente en el mundo clásico el pensamiento de que el trabajo suponía un envilecimiento para el ser humano (si bien debemos admitir que la idea que los clásicos tenían de “ser humano” era considerablemente restrictiva y dejaba el trabajo para los esclavos, que ni soñaban con ser tratados como humanos). Y por cierto, si Hesíodo dedicó a su hermano Perses tantas exhortaciones al trabajo fue únicamente porque se había quedado con toda la herencia paterna.

Nicolaes Maes, Moza durmiendo y criada
Por otro lado, el acervo de las expresiones cotidianas, testimonio de pueblos y culturas, siempre reserva giros muy reveladores de las connotaciones que tiene un concepto en una sociedad concreta. En nuestro idioma castellano encontramos metáforas como vencer la pereza o sacudirse la pereza. Tales expresiones, lejos de ser inocentes, están ideológicamente muy marcadas: presentan la actitud del perezoso como algo de lo que zafarse, un incordio, y esto nos hace pensar que la misma tradición nos pone en guardia, quizá innecesariamente, contra la pereza. Lo mismo ocurre con la idea de un merecido descanso, solo moralmente correcto cuando la persona se ha cansado previamente (trabajando, se entiende). Más aún, el refranero, también custodio de la tradición, nos regala la máxima que dice pereza, madre de pobreza, que, con la apariencia de una admonición, no es sino una amenaza.

Pero, ¿cómo ha pasado la pereza de diosa a enemigo? ¿quién ha obrado tamaño milagro? Exacto, han acertado: la Iglesia católica, apostólica y romana. A sus escolásticos, en esa lista de pecados que se seguirá ampliando hasta abarcar cada una de las acciones humanas, se les ocurrió la gracieta de destacar siete pecados (los malos malísimos, los capitales), y entre ellos -¡qué horror!- estaba la pereza. De pronto la Iglesia, como un cabreado capataz de la obra del Altísimo, empezó a llamar a todo el mundo a ese trabajo al que Dios, en un alarde de clemencia, había condenado eternamente a la humanidad (Proverbios 6: 6-11):
“Mira la hormiga, perezoso,
observa sus caminos y sé sabio:
Ella, sin tener capitán,
gobernador ni señor,
prepara en el verano su comida,
recoge en el tiempo de la siega su sustento.
Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir?
¿Cuándo te levantarás del sueño?
Un poco de sueño, dormitar otro poco,
y otro poco descansar mano sobre mano:
así te llegará la miseria como un vagabundo,
la pobreza como un hombre armado.”

“¡Qué pocas alegrías da una lectura así!”. Eso debía de pensar Wenceslao Fernández Flórez cuando escribía en Las gafas del diablo lo siguiente:

La pereza es la protesta de un instinto humano, que sabe que no hemos nacido para trabajar. Los libros sagrados nos dicen bien claramente que Dios no nos creó para que soportásemos ni aun la jornada de seis horas, y si después se modificó esa situación privilegiada fue porque nos maldijo en la persona de Adán. Pero el mundo está fatigado, envejecido, triste. Cree que ya ha expiado suficientemente la culpa. Y tiende a ir a la huelga de brazos caídos contra esa maldición.

Inmejorable es la refutación a una Iglesia que, sin razón aparente, se ha convertido en uno de los grandes negreros de la humanidad. La condena al esfuerzo es desproporcionada a la propia forma del ser humano, e incluso a su capacidad de pecar. Pero, si uno ha de ganarse el pan con el sudor de su frente, ¿cómo sobrellevarlo? Las autoridades sanitarias nos llaman a la vida estoica, pero el cuerpo nos arrastra hacia todos los estimulantes que se ponen a nuestro alcance. Desde la cafeína hasta la nicotina, un millar de sustancias innecesarias transitan diariamente por nuestro organismo con el único objetivo de ayudarnos a soportar la presión, o sea, la industria saca partido de nuestro castigo divino. Y no crean que solamente se trata un signo de nuestro tiempo, sino que podemos rastrear anuncios con muchos lustros de antigüedad que ya iban en esa dirección.

Ayer Richelet Vegetal, hoy Red Bull, ¿a qué fin? De todos los efectos secundarios que nos ha producido el opio religioso, desde luego el afán por trabajar es el peor. Con un nombre de interesante etimología (de tripalium, un instrumento de tortura), el trabajo se ha asumido como un mal necesario, pretendidamente capaz de hacernos felices. Pero la felicidad tiene mucho más que ver con la desocupación. Uno comprende la búsqueda si es por necesidad e incluso la respeta si es por ambición, pero no nos engañemos, el trabajo no tiene nada que ver con nosotros. Tal vez ese haya sido el error de las clases proletarias en Europa, sentirse obreras. Sólo Paul Lafargue en su opúsculo El derecho a la pereza se dio cuenta de que el ser humano tiene que reivindicarse a sí mismo como individuo libre y digno, pero no como trabajador, pues el trabajo no dignifica, envilece y mucho.

De todos modos, volviendo a la visión judeocristiana de la pereza, Francisco de Paula Mellado nos regala, en el tomo trigésimo cuarto de su Enciclopedia moderna, una larga pero jugosa entrada sobre la pereza:
PEREZA.- Lentitud o tardanza en la ejecución de lo que tenemos obligación de hacer; negligencia culpable, descuido de nuestras obligaciones, pérdida del tiempo que pudiera emplearse en alguna ocupación útil. La religión cristiana ha hecho de la pereza uno de los siete pecados capitales, y con fundamento, porque generalmente engendra la miseria, y la miseria lleva un terrible cortejo de vicios. La pereza puede ser una pasión; entonces suele conducir a crímenes. Hay otra cosa peor aún que la pereza: la holgazanería. Aquella puede ser hija del temperamento, esta depende del carácter del alma. La holgazanería es siempre criminal, la pereza puede no serlo, y así es que llamamos también pereza a esa debilidad de algunas personas que las aleja de todo lo que exige un poco de acción. Hay muchos que no se pasean por pereza; pero la ahuyentan cuando se trata del cumplimiento de las obligaciones. Llámase también pereza a esa afición al reposo y al ocio que tienen algunos, que por su posición están dispensados de trabajar. La mejor alegoría de la pereza es una mujer que anda acompasadamente, cubierta con un velo de tela de araña, sostenida por el sueño, apoyada en los brazos del hambre, seguida de la miseria, pasando su primera edad en un lecho y su vejez en el hospital. Algunos pintan la pereza por una mujer mal vestida que duerme apoyada en una mano, mientras con la otra derrama un reloj de arena para expresar el tiempo perdido. Los egipcios la representaban sentada con la cabeza inclinada y los brazos cruzados. Un caracol puede ser emblema de la pereza.

Vamos a entendernos, lo grave no es que haya personas que opinen estas cosas, sino que este tipo de pensamiento haya sido el que se distribuía entre los niños de la época, cuando, sin duda, lo que ellos sentían en su interior era bien distinto; y esto, si admitimos que la educación tiene una incidencia fundamental en la salud de una sociedad, sí puede llegar a ser criminal. Quiero decir que, como en tantas otras cosas, el posicionamiento social ante la pereza pasa a ser una cuestión política (¿hace falta recordar a estas alturas aquella ley de vagos y maleantes, la llamada gandula, imperdonablemente republicana?). Y ya hemos visto que eso pasa también por el mercado, lo que no hace sino acentuar su carácter político. Sin embargo, ni la condena ni la invisibilización de la pereza pueden negar la naturaleza humana, ajena a las ideas de trabajo y de ocio, exclusivamente orientada a la libertad. A este respecto afirma Rafael Sánchez Ferlosio (Vendrán más años malos y nos harán más ciegos) lo siguiente:

Cuando la acción se ha vuelto inercia y rutina, ya solo la omisión es resistencia, deliberación y libertad.

Pinchen y lean, damas y majaderos.
Pero, ya que nos es posible, orientemos nuestra proa hacia horizontes de más agrado. No en vano el arte ha reflexionado sobre la pereza en múltiples ocasiones y a través de distintas disciplinas. Así, en literatura, Bécquer dedicó a la pereza un breve ensayo, Bretón de los Herreros un soneto, Neruda una oda; en pintura, Ramón Casas, además de reflejarla en su Joven decadente, hizo la más bella alegoría de ella en su lienzo La pereza, mientras que Nicolaes Maes la llevó a la perfección formal en su obra Moza durmiendo y criada. Pero además de las letras y de la pintura -las Bellas Artes-, la canción popular, más próxima a la cultura proletaria y al haragán menesteroso, también ha salido en defensa de la pereza, y lo vemos en canciones como el Hoy no me levanto yo de Chicho Sánchez Ferlosio u Ou yeah!! del grupo vasco La polla récords, entre otros muchísimos ejemplos. Ahora bien, tampoco han faltado apologías del trabajo (condenas, por ende, a la pereza) como los grabados de Alciato, toda la literatura marxista o una de las principales alternativas al himno nacional: Soy minero.

Es hora, en fin, de sacar al menos una conclusión en esta controvertida cuestión: el esfuerzo y la pereza tienen exactamente la misma dignidad, y esto no hace sino que exijamos idéntico respeto para la persona que quiere trabajar y para la que no, para el ambicioso y para el perezoso, sin apoyarnos en argumentos teológicos, consuetudinarios ni de ninguna otra clase con objeto de que prevalezca un parecer sobre otro, pues ambos -repitámoslo hasta tenerlo bien presente- son igualmente caprichosos y subjetivos.

Ramón Casas, La pereza

4 comentarios:

  1. Master, I don't know what you mean by 'dignity', but "¡bravísimo!". La pereza me sale sola (de escribir en inglés, por ejemplo), y esforzarme en hacer cosas también, pero de eso último a "trabajar" (que alguien quiera de verdad trabajar a cambio de un sueldo, x horas cada día, para vivir él mismo, sus hijos, su mujer, su perro, las facturas...) hay un cacho. Zenks

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  2. Amigo sevivetevives, agradeciendo tu pronta atención respondo gustoso a tu comentario.

    Primeramente, tal es la pereza que me da a mí escribir en inglés que no pienso siquiera intentarlo, y sé que tú me comprendes. En segundo lugar, diré que yo escribí la palabra "dignidad" prácticamente como sinónimo de "respetabilidad" y sin comprobarlo en el diccionario, contra el que ahora mismo me arrojo para hacerlo. Cuál no será mi alegre sorpresa al descubrir que la misma Academia contrata a perezosos de tomo y lomo que en la primera acepción de la entrada "dignidad" definen como "cualidad de digno". Veamos. De las definiciones que se nos dan de la palabra (del adjetivo) yo me decantaría por la cuarta (dicho de una cosa: que puede aceptarse o usarse sin desdoro), si bien he de reconocer que los utópicos ejemplos que se aportan (vivienda digna, salario digno) no son tan de mi agrado. En tercer lugar, felicitarte por el tino de tu reflexión: son cosas muy diferentes, en efecto, dar rienda suelta a una vocación activa que pueda llevar a hacer cosas y dedicarse a desempeñar una tarea servil y asalariadamente. Ahora bien, fomentar la comodidad de un matrimonio, su prole y su perro me parece una iniciativa estupenda (sobre las facturas solo diré que, sean de quien sean, yo no pienso pagarlas). Y ya por último, enviarte un abrazo emocionado y agradecido por que hayas reforzado mis argumentos con tu testimonio. Salud.

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  3. ¡Ooh, quién fuera caracol, y no pudiera participar nunca en carreras, sufrir por el premio: dineros con que alquilar casa, llevar caracola, tener caracolitos, pagarles carrera, y repetir de nuevo siempre el mismo cuento!

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